Segunda toma de En el cuerpo una voz, de Maximiliano Barrientos

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Mónica Velásquez Guzmán – Fernando van de Wyngard

1ro de septiembre de 2020

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Compartimos con ustedes la segunda entrega de una aguda lectura de la novela En el cuerpo una voz de Maximiliano Barrientos, llevada a cabo por los investigadores y poetas Mónica Velásquez y Fernando van den Wyngard, en el marco del curso Teoría Literaria VIII: asumir y explorar los desafíos teóricos presentes en las obras recientes en Bolivia (Centro Simon I. Patiño La Paz)

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En la novela En el cuerpo una voz, decíamos anteriormente, opera el imaginario de la distopía, ese horizonte desde donde, para el conjunto de una sociedad determinada, se levanta lo barbárico; algo que ya estaría aquí y no en el futuro, si pensamos en las muchas pequeñas distopías entreveradas que precipitan nuestro cotidiano hacia el desastre, en la sociedad moderna.

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Ese imaginario trataría del desarreglo que adviene tras la doble verificación catastrófica posterior a un momento social de quiebre, que arroja un sistema colapsado y una subjetividad devastada, aunque enredada esta última en la negatividad de ese sistema ya imposible. Y es que en ella se termina de realizar la entropía, la dinámica de disfuncionalización de uno o más elementos del sistema (sin que ninguno de los cuales represente por sí solo y aisladamente ese carácter devastador) que, al prevalecer descontroladamente, extrema al sistema completo, desordena y altera el todo de un cierto equilibrio anterior –siempre precario, siempre indigente, lo damos por descontado–. Algo así como traspasar ese umbral que habitualmente nos detiene ante un camino sin regreso.

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Poster «En el cuerpo una voz» de Maximiliano Barrientos.

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Lo que aquí –en la ficción de Barrientos– ha sido descompensado, alterado, descontrolado o roto –y que vendría a responder a la categoría de distópico– sería la unidad de la actual nación boliviana (en su siempre difícil resolución), sucedida en la novela a partir de esa guerra independentista con la que ésta fabula, librada por la Nación Camba y en contra del resto del país (como veíamos en la primera parte de esta lectura), para crear esta nueva nacionalidad derivada.

Los efectos de ese episodio conflictivo serían que el precario ordenamiento anterior deviene luego un traumático período de varios años de barbarie, retratados en la novela a la manera de una vuelta atrás, hacia un cierto primitivismo que, pese a la sofisticación con que pudiésemos haber inventado el o los futuros, proyecta en la concepción del pasado toda la frustración que el curso de la historia nos devuelve, haciendo del pasado un engendro compuesto de partes incongruentes (subjetiva e histórico-temporal), que lo vuelven monstruoso. En ese tiempo imaginario (que sigue al tiempo conocido y a su ordenamiento y, por tanto, queda convertido en un no-tiempo), si algo rige es el intolerable absurdo del poder desnudo y el vaciamiento de sentidos, de regularidades, de convenciones y de la mínima racionalidad que le permite a los sujetos orientarse, en una población des-cohesionada y ocupada en sobrevivir.

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Podría decirse, bajo la tutela de Hannah Arendt, que, en la sociedad distópica, el mal y su banalización se han extendido a todos los ámbitos hasta hacerse algo familiar, cotidiano, de lo que somos parte agente y no sólo paciente. Y el mal, lo sabemos, es un constructo cultural (infernalmente banal, como ella elaboró, y no un polo sustantivo que exista por sí mismo, autónomamente, como una fuerza o entidad absolutas, que harían de fuente del poder destructor y del sufrimiento) cuyos rasgos lamentablemente nos son ya conocidos. Y, en el caso de esta novela, ese escenario se perfila como una construcción hecha por una imaginería nutrida de diversas fuentes, todas ellas circulantes en nuestra cultura popular y globalmente ubicua (esto quiere decir que no tiene necesariamente nada de particular, si eso es lo que se buscaría descifrar, interpretar o identificar).

Así, lo que se cuenta del General y sus brigadas del horror traen a nuestra memoria modos del mal familiares. Reconocemos en sus procedimientos tanto los comportamientos paramilitares como los de las milicias o de la guerrilla armada; tanto de las mafias como de los cárteles de narcotráfico, de trata de personas o de tráfico de armas; tanto de organizaciones criminales –como las maras centroamericanas– como (más cercano al siglo XXI) de cierto terrorismo fundamentalista, sea de índole religioso, étnico u otro. Pero también reconocemos esos despliegues de omnipotencia encarnados en los funcionarios de inteligencia que el Estado crea, a veces, al margen de sus fuerzas regulares y de la ley, vistas en el poder dictatorial de los años setenta del siglo pasado en Bolivia como en el resto de Latinoamérica.

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Lo barbárico se filtra y se confunde en lo tribal (más allá del romanticismo que éste pudiera ofrecer). La sociedad se fragmenta en facciones, la población civil también reedita viejos y conocidos comportamientos como la sospecha y vigilancia mutua, la censura, la delación, la persecución, la autorrendición y el sometimiento; más tarde, las revanchas y la venganza. Además, al actualizar y yuxtaponer funcionamientos del mal históricamente repetidos, visibiliza sus dinámicas, aunque todavía haría falta el trabajo de construir la visualidad de las mismas (entendiendo por esta última la puesta en escena que superando lo meramente informativo, a través de una figura, lo significa). Una apuesta por lo sacrificial que de alguna manera ordena, en lo imaginario, una ofrenda necesaria para revertir o, por lo menos, advertir la ilegalidad del poder. El peligro, claro, es la mitologización de los ofrendados.

En lo que a nosotros nos atañe, las escenas que imaginan o recrean –como es el caso de la literatura– nuestra posición frente al mal, podemos ser ingenuos y creer que todo mejorará (por ley evolutiva, por ley kármica o por fe en una entidad reguladora extramundana); o ser conservadores y afirmar que, ante el real estado de las cosas, todo se dirige inexorablemente hacia lo peor; o, aún más, podemos ser reaccionarios y anhelar un pasado mejor que niegue el presente y remita, de un modo puramente afectivo, a la proyección de ese futuro-pasado donde nada tendría todavía –debido a la indistinción que lo imaginario permite– su consecuencia. Ojalá pudiéramos ser también capaces de reconocer que siempre –u hoy más que nunca– se habita en la ruina de alguna forma anterior y sobre “los vencidos” que nos preceden, y desde allí y con ello crear y seguir adelante, construyendo lo habitable.

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Portada «En el cuerpo una voz» de Maximiliano Barrientos.

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Neomedievalismo y Políticas de la memoria

La responsabilidad ante el mal es siempre individual, pero es también siempre una tarea colectiva (que no deja de interpelar  a los sujetos en su encadenamiento entre sí). Si no, ¿quién se hace cargo de lo sucedido, asesinado, desaparecido, delirante o barbárico inscrito tanto en víctimas letales como en sobrevivientes? ¿Es suficiente una narración nacionalista para justificar el daño infringido a la unidad social en nombre de y montando la significación de un mito creador? La novela de Barrientos pone en tela de juicio la compleja relación entre víctimas y responsables del mal acontecido en el periodo separatista, aquí llamado “Colapso”. Por medio de ello critica elementos de la sociedad actual tanto como exacerba uno de sus posibles devenires, si es que se siguiera por el camino de los afectos y no de la razón política.

Algo de esta manera de aparecer del mal, banalizado, resuena en cierta tendencia que se ha llamado neomedievalismo (la construcción y el ejercicio del poder sin base social) y un neofeudalismo que corresponde al fenómeno donde se quiebra y fragmenta la correspondencia entre Estado, territorio y poblaciones determinadas.

Necesitamos memoria o necesitamos olvido…

La novela nos desafía a pensar detenida y complejamente esta paradoja de toda visión y acción política: “…el recién creado Ministerio de Cultura me pidió que recogiera testimonios de gente que había sobrevivido al Colapso, que viajara por el norte de Santa Cruz y que me internara en las comunas para entrevistar a hombres y a mujeres”. Más adelante, el relato explica las razones políticas de este encargo oficial: “querían armar un testimonio colectivo para que la matanza no volviera a suceder”.

Leer esta novela nos ha exigido examinar lo que las “Políticas de la memoria” han venido a preguntarse, después de Auschwitz y después de las dictaduras militares en Latinoamérica, qué función cumple y a quién le sirve programar un ejercicio de memoria y si se hace de esto un camino hacia la experiencia del conocimiento o solo hacia el registro y la información, hacia la fetichización del dato y del archivo. Podríamos decir que por “políticas de la memoria” entendemos la lectura política de lo que la política hace con la memoria en cada caso y en forma ineludible.

Habrá que precisar términos: pensamos el pasado como algo que ha dejado de suceder, que terminó; sin embargo, como en la condición traumática, ese pasado no puede quedar atrás y es un asunto siempre pendiente. La historia, esa narración social y política de la vida en común, que acomoda los hechos en secuencias posibles de un relato, recorta ese pasado y lo ratifica, haciéndolo motor de una relación productiva e interesada de una comunidad con su relato. La memoria, más bien, es el horizonte interno del que emerge nuestro sentido del presente bajo la insistencia involuntaria de lo que no ha terminado de pasar. El recuerdo, en cambio, es lo movilizado por una fuerza activa o involuntaria de recorte y reincorporación de ese fluir pasado en el presente.

Al acudir a estas exigencias teórico-críticas, se puede ver cómo políticamente se trata ese pasado en términos de monumentalización, negacionismo, archivo o incluso encargo o mandato emanado del Estado, como sucede en la novela. Las maneras en que cada sociedad toma los elementos inconexos de su pasado y los significa son gestos de una política, que es lo que nos ha dejado entrever En la voz un cuerpo.

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Nido de cuervos, encuentro con Maximiliano Barrientos.

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¿Decir el trauma?

Pero qué se hace con el horror: recordarlo, enjuiciarlo, archivarlo, negarlo… Las experiencias posdictatoriales recientes en América Latina hablan largo sobre cada una de estas opciones. Hay países que han decidido y podido enjuiciar a los dictadores y resarcir de alguna manera el daño legal y físico, aliviando un poco el daño simbólico. Otros, en cambio, lo viven en una latente tensión que divide al país. Otros, como el nuestro, lastimosamente han puesto bajo la alfombra tanto los daños como a los responsables. No necesitamos memoria, piensa el protagonista, necesitamos olvido. Y es que ante el horror sistemático, las deudas de la memoria son densas y complejas. ¿Se puede testimoniar el horror sin traicionar el pasado? (Agamben). En un contexto de trauma social e individual, ¿vale la pena saber? ¿Se puede dar la vuelta la cara a las dimensiones del mal, fuera de una escala humana, sin perder con el gesto el sentido de lo propiamente humano?

Cuando el ministerio de cultura encarga al protagonista, Rodolfo, reunir testimonios de sobrevivientes, él está afectado y duda. Un compañero que ha sido también víctima le consuela; “uno se acostumbra todo”, le dice. Lo que provoca dos sentimientos y, por medio de estos, dos revelaciones sobre la condición traumática:

Lo odié en aquel momento: odié su lástima, odié la autocomplacencia con que me miraba, odié que no se hubiera quedado callado y que quisiera compartir lo que él había atravesado toda esa cantidad de años atrás, cuando esos milicos acribillaron a su esposa y a su hija de cuatro años.

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La identificación y pertenencia a un grupo, debidas a un compartido estado de víctima, son complejas, pues es el mal lo que cohesiona a esa comunidad. Puede que por ello mismo, su alianza demande mayor devastación individual y fomente junto a una memoria, un resentimiento que ancla a sus sujetos en el pasado sin poder ser otra cosa que víctima. ¿Cómo revertir el ancla de un daño compartido hacia una memoria que evite la amnesia colectiva? ¿Cómo no odiar que otro ponga palabras a lo sucedido y que quedará siempre como incomprensible? Pilar Calveiro, sobreviviente de la dictadura argentina, en un entrañable y lúcido libro, Desapariciones, analiza detalladamente la porción de  responsabilidad y de reparación colectiva que debe y podría restituir a una sociedad. No se trata de ignorar o mistificar el daño en un indecible; debe haber una restitución legal y moral. Y debe apostarse a lo difícil, una restitución del potencial social para resistir, para recomenzar y para rearmar lazos sociales con lo que pasó, pero sin ser lo sucedido.

Más adelante leemos en la novela: “En esos primeros años, cuando el conflicto cesó, no había nada nuevo, ni hombres ni cosas, y todos profesaban un culto a las cicatrices. Eso éramos: cicatrices que funcionaban”. Nada puede nacer en un territorio signado por el mal y en el que sus habitantes han debido sobrevivir al daño diariamente. Pero es muy posible que se cree en esas circunstancias lo que Sara Ahmed llama “fetichización de la herida” (en La política de las emociones). Cómo dejar el culto a la herida, cómo no reducir la potencia del sujeto a la inmovilidad del doliente, cómo “funcionar” en automático pero ir restituyendo subjetividad…

Dijo:

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Lectura de fragmento «En el cuerpo una voz» por Maximiliano Barrientos.

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Cuando cumplí doce años mi abuela me contó cómo habían muerto (sus padres). No quería que viviera engañado. Quería que supiera con detalles quiénes habían sido y qué les había pasado.

Eran años de mierda, dije. A nadie le sorprendía escuchar esas historias porque todos tenían una parecida. Ahora las recopilamos como si hicieran alguna diferencia. Ahora nos damos el lujo de que nos afecten.

Los testimonios hacen una diferencia, dijo. ¿Por qué estamos aquí entonces? ¿Por qué hace esto?

¿De qué sirve recopilar lo que esa gente tiene que contar?, dije. ¿Tus padres van a levantarse de la tierra? ¿El hijo de la última mujer que entrevistamos va a volver del monte y la va a mirar a los ojos, la va a reconocer?

No. No va a suceder eso.

¿Por qué los entrevista entonces? Porque me pagan, dije.

La extensa cita vale la pena porque condensa nudos que dan a pensar e interrogan al presente. ¿De dónde viene la rabia: de la impotencia ante el relato, del relato mismo, de lo que no cabe en él? ¿Por qué necesitamos no vivir engañados? Y si el daño ha afectado a muchos, ¿eso disminuye, al cuantificarse, la pérdida de cada quién? ¿Somos impasibles al mal si este deviene una cifra? ¿Lo que no nos afectó mientras sucedía significa cuando leemos allí, ya en sobrevivencia, una experiencia traumática? ¿Es la memoria el sitio lujoso donde “afecta” lo que mientras se padecía no era sino el motor para pelear o resistir en silencio? ¿Testimoniar demuestra lo imposible del testimonio pero es, cuando menos, lo mínimo que le debemos al pasado?

Caruth (Unclaimed Experience) nos recuerda que el trauma es asumido después de la experiencia y vuelve siempre de manera fantasmagórica, parcial e incompleta en sueños, pesadillas, imágenes inconexas, narraciones fragmentadas, pues nunca será cabalmente comprendido; nunca se insertará en la cadena de hechos significantes que podría elaborar la experiencia. Los testimonios hacen la diferencia, ponen palabras con que bordean lo inenarrable no hacia su comprensión, pero tal vez hacia su existencia verificada en el lenguaje, lo que permite a las víctimas moverse del sitio del daño.

Pero en el fin de la cita hay un hondo cuestionamiento al acto de recordar, de archivar ese dolor colectivo (“mal de archivo”, diría Derrida). El trabajo pagado, la memoria por encargo ministerial que realiza el protagonista, encarna una labor más burocrática y económica que verdaderamente restitutiva. Pero nos damos el lujo de que nos afecte el pasado horroroso, entre otras cosas, para desviar la mirada del presente y entretenernos con deudas impagables… O es que ese lujo, ahora pagado, alivia parcialmente conciencias que niegan o asientan lo pasado para seguir ‘no más’, sin incluir por supuesto a las víctimas… En ese sentido, hoy, ¿qué intención rige nuestro afán de memoria?

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26 comentarios en “Segunda toma de En el cuerpo una voz, de Maximiliano Barrientos”

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