cuando éramos hombres lobo

sinopsis

Álvaro Bisama se especializa en un tipo de personaje marginal, freak, con la cabeza y el corazón llenos de las pulsiones de la cultura popular más bizarra, aquella en que se dan cita los adoradores de Tolkien con los cultores de ritos satánicos y de mitos locales entre cristianos y gore. El amigo raro, el ser inofensivo que un día deja de serlo porque las voces lo han poseído, el que se alimenta del más allá pero está muy extraviado en el más acá. Bisama escribe literatura de horror sin necesidad de situarse dentro del género porque ha entendido la lección de Lovecraft: los monstruos, para ser más efectivos, deben ser “asombrosamente parecidos a nosotros… vivir en el lado delgado del aire”. Como sugiere un cuento de esta magnífica colección, los monstruos son ahora la realidad.

índice

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Cuando éramos hombres lobo

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La dieta del orco

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Crypta

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Comedy central

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Patria automática

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Las canciones que escuchaban los maestros secretos del mundo (una novela de vampiros)

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Póser

Cuando éramos hombres lobo

Cuando éramos hombre lobo el pasado era el futuro. Jugábamos flippers y escuchábamos canciones sobre paisajes extraterrestres. Nos inventamos una vez un asesino: un tal J.P. Moraga, que mató a diecinueve mujeres a lo largo de medio siglo. Lo inventamos en los momentos muertos de clases, hace años. Era la época donde desaparecían todas esas pendejas en Alto Hospicio. Siempre estuvimos seguros de que era un serial-killer. Seguros seguros. No podía ser de otra forma. Seguimos por dos años (estábamos en tercero y cuarto medio) las desapariciones. Tenían método, tenían sistema. Habíamos visto demasiadas películas como para no darnos cuenta. J.P. Moraga surgió de eso. Anotamos su nombre en el cuaderno de matemáticas, mientras Fernández nos explicaba unas ecuaciones. Luego, cuando nos fuimos para la casa le dimos un rostro, una historia. J.P. Moraga tenía 75 años, era un anciano respetable, un abuelo, un héroe del pueblo. Alguna vez había postulado para alcalde y perdió. Era democratacristiano. Apoyó el golpe. Era de rigurosa misa dominical. Cantaba en un grupo folclórico que a veces se presentaba en el paseo del muelle. Eso no le impedía matar mujeres: las raptaba en los pueblos cercanos y las llevaba a su parcela en las afueras. Ahí tenía un congelador gigante. Les hacía lo que los asesinos en serie les hacen a sus víctimas. Prefiero no entrar en detalles. J.P. Moraga era frío, su mirada estaba muerta, tras sus arrugas se escondía algún significado del mal. Eso, creo, lo escribimos en un cuaderno. Soñábamos con hacer la película o escribir la novela o ver la historia sintetizada en la parte de atrás de la funda de un video. J.P. Moraga duró un semestre. Poseía una larga lista de víctimas falsas y gigantescas mitologías urbanas. Hicimos un par de veces el recorrido de sus crímenes: partíamos en una urbanización de Huanhualí y seguíamos hasta el sitio baldío que quedaba detrás de una discoteca rodeada de alerces y terminábamos en las puertas de lo que debería haber sido su parcela. Era como seguir a un culpable que no existía, jugar a ser detectives sin serlo. Luego descubrimos que Raúl Méndez vivía en Villa Alemana. Ahí terminamos la broma. Méndez no era literario; no era para reírse. Méndez siempre fue infinitamente más peligroso que Moraga. Más real y cercano, aunque nunca supimos verlo hasta que pasó lo que pasó. Ahora Méndez no importa. Deberíamos haber planeado un encuentro entre ambos: Moraga contra Méndez. ¿Quién ganaría?. Pensé en Moraga y sus crímenes imaginarios. Pensé en lo que sabíamos de Méndez. Méndez, dije. Por paliza. Después nos quedamos en silencio. Mudos. Eso era lo que sabíamos hacer en ese tiempo. Quedarnos mudos. Porque no éramos nadie. No éramos nada. Vivíamos ahí, en Villa Alemana, si es que a eso se le podía llamar vida. Veíamos televisión por cable. Algunas tardes y nos quedábamos pegados hasta el amanecer frente a la pantalla. Odiábamos las teleseries. Escuchábamos a Slayer. Siempre era invierno. Rebobino: escuchábamos música, dábamos vuelta por el centro, mirábamos el cielo negro, éramos fanáticos de la televisión. Cuando éramos hombre lobo eso era todo. No era mucho. No era suficiente. Teníamos planes: ganar la lotería y no trabajar jamás. Teníamos un asesino en serie, nuestro asesino en serie. O dos. Uno era real. Cuando éramos hombre lobo veíamos películas de vampiros. Dábamos vuelta por el cementerio. Llevábamos la cámara de video y grabábamos esos paseos por las tumbas, por aquellos caminos sembrados de animitas pobres de pueblo chico, poniendo nuestros pasos sobre los muertos enterrados en un terreno arcilloso que a veces era arena o barro a secas. Odiábamos a los ancianos, al alcalde, a los profesores. Habíamos salido eximidos del servicio militar por incapacidad física expuesta en certificados falsos. Nos perdíamos en esa comunidad que detestábamos: gente pálida con cara cansada, que daba vuelta por el pueblo en las tardes sin hacer nada, buscando historietas en vez de historias, conversando con otra gente, asistiendo a las patéticas fiestas escolares que hacían en discos que en otro tiempo habían sido centros de tortura. Cuando éramos hombre lobo no teníamos nombre, no importaba nuestro nombre, no éramos nadie. Bebíamos cerveza. Éramos personajes de historietas a los que nadie quería dibujar. No teníamos aventuras. Nos conocíamos desde niños. Nuestros padres se conocían de toda la vida. Odiábamos el fútbol. Nos acostábamos, nos acostaríamos intermitentemente con las mismas mujeres. Éramos una mierda, una canción sobre la vida en otro planeta, los televidentes de una película en blanco y negro de la que nadie se acordaba, la imagen detenida de un desastre a punto de suceder.

cuentos

páginas

ISBN:978-99974-833-9-3

Álvaro Bisama

 

(Valparaíso, 1975)

Es escritor. Es Magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile y Doctor en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. El año 2007 fue escogido por el Hay Festival para Bogotá 39, nómina que seleccionaba a los narradores jóvenes más relevantes de América Latina. Ha ganado el Premio Municipal de Literatura de Santiago, el Premio Academia y el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura en Mejor Obra Editada Categoría Novela. Ha publicado los volúmenes de crónica y ensayo Postales urbanas y Cien libros chilenos; los libros de relatos Death metal y Los muertos; y las novelas Caja negra, Música marciana, Estrellas muertas, Ruido y Taxidermia. Actualmente se desempeña como director de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales y es columnista de la revista Qué Pasa y el diario La Tercera.

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