domingos por la tarde

sinopsis

El gol (y la literatura) es una consecuencia del buen hacer. Muchos de los relatos que forman parte de este libro hablan de nuestros mejores años, la niñez despreocupada, juguetona y feliz. Ya lo dijo el español Javier Marías: “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Pero también se transpira dulce nostalgia, pasiones y viejos recuerdos. Y una rara simpatía por esas derrotas que te persiguen por siempre, por las alegrías lejanas que volverán mañana, por aquellos equipos que ya solo ganan en nuestra memoria, por aquellas viejas escuadras (Stormers de Sucre, Bata de Quillacollo, Wilstermann Unificada de Potosí…). En DOMINGOS POR LA TARDE jugadores legendarios como Tamayá, Garrincha y Chichi Romero vuelven a patear pelotas como personajes de ficción; retornamos al Monumental de River para festejar un empate del “Rojo aviador”; viajamos a los años sesenta para averiguar el misterio del descenso de Bolívar; nos zambullimos en hinchadas enamoradas; nos olvidamos de los antihéroes y los villanos; resucitamos a nuestros abuelos y abuelas con el fútbol como vínculo; y derrotamos prejuicios machistas a punta de balonazos contra todos los cristales. La pelota está en la cancha de todos los lectores.

índice

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Son noventa minutos en un vaso de agua, Prólogo

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Tiro fallido

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Sutura dominguera

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En la cancha de pasto

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El jugador y la dama

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En nombre de la química

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Paisanos

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No vale bombazo

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Tamayá

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Cosas del fútbol

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¡Despierta, Joaquín, despierta!

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Un buen tipo

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Balaya del desamor

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Hipopótamo

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Un reloj. Una pelota. Un café

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El croata

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Minuto 45

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El síndrome Panenka

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La promesa

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¿Quién dijo fútbol?

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El misterio de ginga

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Goool "Chato"

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Gavilán: el supérportero y su ángel de la guarda

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Las rejas del mundo

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La lucha por la capitanía

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Camerunés

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A veces también, el tiempo

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Derrota en Potosí

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El efecto Berebén

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Ñancahuazú

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El Apocalipsis relatado como un partido de fútbol

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

cuentos

páginas

ISBN:978-99954-864-7-1

ricardo bajo

 

Nació en Bilbao, País Vasco. Vive en La Paz – Bolivia desde mayo de 1997. Adquirió la nacionalidad boliviana en 2003. Ha trabajado en los periódicos Viva, La Prensa, La Razón y revista Tal Cual. Fue editor durante cinco años del suplemento literario Fondo Negro del diario La Prensa (2000 – 2005). Fue director del semanario La Época y actualmente dirige la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Tiene un programa diario de radio sobre política internacional en la Red Patria Nueva y una columna futbolera (Goles son amores) en el periódico Cambio desde 2009. Compiló las antologías Warikasaya, cuentos stronguistas y 4 de 5, el tigre te mata: crónicas stronguistas.

Ricardo

 

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