diario 

sinopsis

Este libro me fue entregado – en su versión inédita – en una ciudad cuyo esqueleto está hecho con anillos que harían las delicias de Tolkien. Pasé días y noches leyendo el libro de arriba para abajo, de costado, en diferentes situaciones y estados de ánimo. Su lectura me impregnó como lo suele hacer el whisky, ese querido psicólogo rubio que viene a salvarme en los malos momentos. Sin embargo, las noticias que traía el libro no eran buenas, más bien el libro habla de una anatomía de la soledad, soledad de los protagonistas, tristeza de las parejas que deambulan tratando de seguir con su vida aunque la distopía las oprime y condensa. Ya no hay fiestas en ningún lado, salvo en el lenguaje de estos relatos que se pueden leer como novela, como poesía en versos largos y continuos o como simples raccontos de sueños. En su deambular, los personajes dan cuenta de la muerte de abuelos, hermanos, ideales y hasta de Roberto Bolaño. Para mí no quedan dudas, la literatura boliviana se aleja del costumbrismo y está haciendo literatura a secas: un nuevo mundo mestizo que ya tiene grandes cantores, como el mítico Jaime Sáenz o los jóvenes Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Hasbún. Maximiliano Barrientos – el autor de este libro que me tuvo en vela – es un maestro de las imágenes profundas, de los intersticios donde se cruzan los destinos, esos pequeños motores invisibles que hacen que el mundo narre. FABIAN CASAS

índice

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Años luz

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Hermanos

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Necesidades

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Diario

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Desplazamientos

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

cuentos

páginas

ISBN:978-99954-749-0-4

maximiliano barrientos

(Santa Cruz)

Publicó los libros de cuentos Diario (2009), Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) y Una casa en llamas (2015), y las novelas Hoteles (2011) –traducida al portugués–, La desaparición del paisaje (2015) y En el cuerpo una voz (2017), que también se editará en Almadía (México) y en Eterna Cadencia (Cono Sur y España).

Maxi

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