el hombre que amaba a amy winehouse

sinopsis

Poeta. Niño serio. Adolescente eterno. Reo por tres meses. Hippie jubilado por la calvicie. Policía judicial. Etnógrafo de cantinas. Obrero migrante. Ciclista kamikaze. Casero de la melancolía. Cosechador de tempestades. Hincha de Vodka junior. Bromista de lo terrible. Cierto tipo de solitario. De máscara sincera. Amigo del abismo. Fanático de la libertad. Violador de intimidades. Donador de riñones. Alzheimer de la lengua. Con la sonrisa en el bolsillo. Guía del cementerio. Viudo de Amy Winehouse. Ladrón de citas y rosas. Poeta. Jubiloso ante el fin. El otro, el mismo, el propio. Con ustedes, Julio Barriga.

índice

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El otro señor Barriga (por Fernando Barrientos)

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Prólogo con Tanqueray y altura

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En el principio y antes

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Memoria patamarilla

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Hace tanto y aquí cerca

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Pabellón infantil

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Viceversa

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Mistela y pajarillas

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Mi perro dinamita

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El descarrilamiento

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De fusilamientos

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De paso

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El resplandor

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La mano del muerto

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Fiebre

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Sobrenatural

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La cámara de Gas

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La Sapía

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El Averno

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El Putunku

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Cuento homenaje con hueco en forma del Piscazo

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Periféricos del centro

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Los ajedrecistas del alcohol

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Fiesta solitaria

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Mucho rocanrol con la misma camisa

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Vida/obra

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Astra vs. San Pauli

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Días de ajenjo y poesía en Sucre

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Misión imposible en Samaipata

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Crónica del tiempo desencontrado

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La gira sin fin y el largo weekend de la anarquía

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Deportes y estupidez

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Ridiculum vitae

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La Bolita

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¿Élite ignara o chusma ilustrada?

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Billetes sellados para rescatar el tiempo

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¡Basura! o Apuntes para una arqueología del mañana

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Amor de lejos, amor de pendejos

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Cosas regaladas

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Encuentros con la muerte o Todos mis muertos

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Amigos y abismos

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Texto de amor para Amy Winehouse (además todas mis cantantes)

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El hombre que amaba a Amy Winehouse ( o Me and Missis Winehouse)

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

partes

páginas

ISBN:978-99974-920-5-0

Julio barriga

( San Lucas, Chuquisaca 1956 )

Ha publicado El fuego está cortado (1992, reeditado en 2013 con la adenda Luciérnaga sangrante), Aforismos desaforados I (1994), Aforismos desaforados II (2002), Versos perversos (2004), Cuaderno de sombra (2008) y el volumen de prosas biográficas El hombre que amaba a Amy Winehouse. Vive en Tarija.

 

Julio

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