hora boliviana

sinopsis

Se han reunido en este libro algunas crónicas, reportajes o relatos sobre los hechos (el apelativo queda a gusto del lector) que traten temas bolivianos de actualidad. Es decir, textos que ya sea abordando la coyuntura, siguiendo constantes históricas o deteniéndose en lo mínimo, le tomaran el pulso al país presente. En estas 14 historias –que comparten la voluntad de despojarse del pudor de hablar en primera persona– aparecerán solo algunas variaciones de las innumerables formas en las que se manifiesta hoy lo boliviano. Un muestrario de aquello que vemos por primera vez con estos ojos, pero también el fruto de ese pragmatismo caótico que define parte de nuestro carácter. Además de otros embrollos bien bolivianos.

índice

^

Prólogo: Mentar la patria

^

La Arquitectura Esquizofrénica

^

Chipaya, el refugio de los primeros hombres

^

Cazafantasmas bolivianos. Guías hacia el más allá

^

Amarrados

^

La soledad de los padres de Brayan

^

Constelación Sacaba

^

¿Qué harían los pájaros en circunstancias similares?

^

Tu pirata no soy yo. Réquiem en primera persona para una casera de películas

^

Cholitas Marinas

^

Afilando los cuchillos del carnicero de Lyon

^

Última vez que hablas de Viloco

^

Barro seco en los zapatos de jueves y domingo

^

Felix y Pamela

^

San Jailón. ¿A quién rezan los narcos bolivianos?

^

Sobre los autores

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

partes

páginas

ISBN:978-99974-384-1-6

fernando barrientos

(Tarija1977)

Ha seleccionado y prologado las antologías Bolivia a toda costa: crónicas de un país de ficción (2011) y Hastá acá llegamos: Cuentos sobre el fin del mundo (2012). Desde 2008 dirige la editorial El Cuervo.

Fer

CATÁLOGO 

COLECCIÓN ENSAYO

PRÓXIMO LIBRO

TRES CITAS IMPUNTUALES: TIEMPO, POESÍA Y FALTA

RECIBE NOTICIAS CUERVAS