la mañana después de la guerra

sinopsis

2008 no fue sólo el año que vivimos en peligro, sino que fue el año en el que se definió un nuevo rumbo para el país. Corte en la historia y construcción de otro Estado. Todo ocurrió tan rápido que no hemos podido detenernos a revisar y analizar los acontecimientos que siguen frescos en nuestra memoria. Racismo, coraje, violencia, compromiso, muerte, esperanza, cobardía, traición: los elementos que se cocieron en nuestro siempre vertiginoso laboratorio político. ¿Cómo se salvaron los documentos del INRA de la hoguera cívica? ¿Quién organizó la defensa de Santa Cruz ante la avanzada de la Unión Juvenil Cruceñista? ¿Quién era el embajador de los referendos autonómicos? ¿Cómo espiaba a La Torre? ¿Cómo fue la retoma de Pando?¿Dónde se planificó la “departamentalización” de las instituciones estatales? ¿Cuál era el paso que Rubén Costas jamás se atrevió a dar y por el que jamás fue perdonado? ¿Cómo infiltraron el círculo cercano de Rozsa? Las respuestas a estas y otras interrogantes se encuentran en esta exhaustiva investigación periodística de Boris Miranda, realizada desde el lugar de los hechos y turnándose   la voz con los protagonistas de los combates. La mañana después de la guerra suscita también nuevas preguntas sobre las batallas del siempre agitado  presente y brinda los códigos para entender la conflictiva coyuntura actual.

índice

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Prefacio

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Introducción

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La mañana después de la guerra

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La tarde más triste

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La noche del Sí

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La tarde del No

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La mañana antes de la guerra

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Índice de nombres

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Bibliografía

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Agradecimientos

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

partes

páginas

ISBN:978-99954-821-6-9

boris miranda

Nació en 1984 y es reportero desde 2008. Arrancó en el oficio en el diario paceño La Prensa y dos años después se incorporó al equipo fundador del matutino Página Siete, donde actualmente trabaja. Desde el primer día de su carrera periodística , su área de cobertura fue Política Nacional y ahora es el responsable de los reportajes del suplemento de análisis Ideas. Ha sido redactor invitado, columnista y analista en diarios, semanarios y publicaciones especiales de Bolivia, Estados Unidos, Argentina, Rusia y España, además efectuó coberturas especiales en Uruguay, Brasil, Chile y Argentina. En 2010 ganó el Premio Nacional de Periodismo sobre Municipios y en 2011 obtuvo la beca latinoamericana de periodismo de Investigación del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS).

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