ocio

sinopsis

Cuando era joven descubrí el jazz. Solíamos hablar con un amigo sobre algunos músicos que nos interesaban. El caso de Miles Davis era emblemático porque no era el más virtuoso de los trompetistas, ni el más rápido, pero tenía un sonido único, y eso lo hacia insuperable. Me pasa algo parecido con Fabián Casas. Su escritura puede repetir los mismo temas una y otra vez, pero siempre encuentro una voz, una visión del mundo. Casas es nuestro Miles Davis. Frente a los malabares, al experimentalismo vacuo de buena parte de la literatura latinoamericana contemporánea, la honestidad de Casas conmueva y consuela. Ahí, en esas historias sencillas y despojadas, hay toda una poética de la resistencia. 

índice

Son las seis de la tarde y ya se pone oscuro. Estoy tirado en mi pieza, escuchando Abbey Road, de los Beatles. Escucho sobre todo el lado dos, ese es el que me gusta. Canciones enganchadas o, mejor dicho, una melodía original que va sufriendo mutaciones. Los Beatles; esos sí que eran grandes. Lo puedo asegurar. No hay muchas otras cosas que pueda asegurar. A lo sumo puedo escribir, citar, poner fechas. Por ejemplo: el verano tardó muchísimo en irse. Un calor húmedo y terrible, sábanas húmedas, cigarrillos doblados, olor. Pero ahora estoy, o estamos —si es que afuera de esta pieza queda alguien vivo— en medio del invierno. Oscurece: ya casi es noche cerrada. Me imagino a las familias alrededor de las mesas, preparadas para cenar, con los hogares encendidos y los leños quemándose en su felicidad. Las rutinas cotidianas del verano modificadas hasta el próximo año. Pero no para mí: yo estoy, desde hace meses, hundido en el ocio. Como, cago, duermo; soy una biología que no tiene rumbo. Me paro. Pongo otra vez el lado dos de Abbey Road. Me sirvo café; aunque ya no le siento el gusto, porque lo estuve tomando toda la tarde y lo que siento es una presión en los ojos y llagas en la boca, justo debajo de la lengua. Vuelvo a la cama. Ayer hice casi lo mismo. Me levanté al mediodía, almorcé con mi viejo y mi hermano, porque era domingo y estaban en casa. Después subí a la terraza a fumar un cigarrillo. Como había un sol mediocre, bajé a la cocina y me preparé un café y me metí en la pieza a escuchar Abbey Road, de los Beatles. Abajo, en el patio cubierto,mi viejo se paseaba en pijamas. Envejeció en estos últimos meses como un millón de años. Yo lo miraba a través de las rendijas de la ventana de mi pieza. Estaba encuadernando revistas. Siempre compró cualquier cantidad de revistas. Colecciona enciclopedias sobre perros, ocultismo, historia, depilación a la cera negra; en la terraza hay un cuarto lleno de revistas. «Un día —decía mi vieja—va a haber tantos libros que vamos a tener que salir nosotros.»

Las revistas y el fútbol son sus pasiones. Antes, cuando era muy joven, estudió teatro. Dicen que llegó a recorrer el país con una compañía independiente. Hasta que nací yo y, tres años más tarde, mi hermano. Entonces mi viejo dejó de actuar para representar actores. Ahí le fue bien, le tocó un cómico que ahora es muy famoso y se compró esta casa, el auto y un equipo de alta fidelidad. Pero como mi viejo lleva una vida limitada porque no sabe manejar, el auto lo maneja mi hermano, que además trabaja y tiene plata para la nafta. Así que el auto es una pasión inútil. Aunque a veces lo uso. Si mi hermano está durmiendo o salió y lo dejó, me fijo si le queda nafta y doy unas vueltas, despacio, hasta que el tablero empieza a marcar que estoy en rojo. Se podría decir que utilizo el tiempo que mi hermano prefirió no usar. Y estaría bien. A mí manejar me tranquiliza. No me gusta correr o pegar frenadas para que los giles me miren. Me gusta deslizarme por la ciudad nocturna, mirar a los pocos que cruzan las calles a esa hora, pensar boludeces mientras espero en un semáforo.

parte

páginas

ISBN:978-99954-821-5-2

Casas habla de sí mismo, no hay casi más que recuerdo, quejas y recriminaciones. Pero el lector no puede parar: pide más y más martirio.

Guillermo Piro

En serio: si Fabián Casas fuera una banda de rock, sería probablemente, un power trio experimental, con un sonido fresco y crudo.

Matías Moscardi

“Ser un héroe” no alude aquí a grandes hazañas sino a una experiencia que deviene en historia (…) Al leer Ocio se hace inevitablemente el recuerdo de Tuca (1990) y El salmón (1995), esos poemas breves, medidos, casi siempre exactos (…) Y la atmósfera del relato tiene el sello de la poesía: una composición donde se asocian percepciones intensas (su forma es la comparación), explosiones de humor y reflexiones teñidas de melancolía.

Osvaldo Aguirre

fabián casas

Nació en el barrio de Boedo en 1965. Publicó en los sellos Libros de Tierra Firme, Vox y Mansalva los libros de poesía Tuca (1990), El Salmón (1996), Oda (2003) y El spleen de Boedo (2004), todos reeditados por Emecé en 2010 como obra completa bajo el título de Horla City, que agotó la edición de 3000 ejemplares en dos meses.

Con la editorial Santiago Arcos publicó este año Breves apuntes de autoayuda y en narrativa la novela breve Ocio (2000, este año traducido al alemán por Timo Berger) y el libro de relatos Los Lemmings y otros. En 2007 publicó en Emecé Ensayos Bonsái y ese mismo año ganó en Alemania el premio Anna Seghers por, En palabras del jurado, “Poseer una lírica extraordinaria y ser su obra un fuente de inspiración para los autores de América Latina”.

Ocio, la película basada en la novela, dirigida por Alejandro Lingenti y Juan Villegas, fue presentada en el reciente Festival de Berlín con excelentes críticas. Los Lemmings y otros también ha sido recientemente publicado por la prestigiosa editorial española Alpha Decay.

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