para comerte mejor 

sinopsis

Para comerte mejor de Giovanna Rivero avanza desde el fondo como un zumbido lento pero desmesurado. El lector no tiene opción y debe ir a las profundidades. Hay que bajar donde nadie más se atreve, dice un personaje, esa es la obsesión de sus cuentos. Que bajemos al canal, al pabellón, que crucemos el monte y veamos esos cuerpos envenenados, inyectados y medicados, esas materias crudas con hambre, esas niñas preñadas, esos suicidas, esos esqueletos amorosos. Acá los personajes mueren, están a punto de morir o pertenecen a otro mundo. Pero por suerte el efecto de su escritura es doble y esos cuerpos sacrificados no dejan de ser sexuales, tentadores y fantásticos, porque son libres, de ahí que esa radicalidad sea también política. La imagen de su escritura finalmente me la da ella misma; “con lo cual no podría decirse que ha florecido una canción, una mínima melodía, sino más bien una vibración oscura, total, que rebota en los riñones y que da ganas de llorar”. Ariana Harwicz

índice

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De tu misma especie

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Kè Fènwa

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La piedra y la flauta

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Los dos nombres de Saulo

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Humo

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Yucu

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Pasó como un espíritu

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Regreso

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El hombre de la pierna

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En el bosque

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Adentro

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Albúmina

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

cuentos

páginas

ISBN:978-99974-870-8-7

Giovanna Rivero

(Bolivia)

Ha publicado los libros de cuentos Contraluna (La Mancha 2005), Sangre Dulce (La Mancha 2006), Tukzon (2008) y Niñas y detectives (Bartleby 2009) y Para comerte mejor (Sudaquia 2015), y la novela 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya 2014; Random House Argentina 2016; El Cuervo 2016), entre otros. Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías en diversos idiomas.

Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz en 1996 con el volumen de cuentos Las Bestias y el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo el año 2005 con “Dueños de la arena”.

Participó del Iowa Writing Program en 2004. En 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina”. Obtuvo un doctorado en literatura latinoamericana en University of Florida, en 2015. Con su cuento “Albúmina” obtuvo el prestigioso Premio Internacional de Cuento Cosecha Eñe 2015. Hace años vive en el Sur Profundo de Estados Unidos, respirando la energía telúrica del gótico sureño.

Gio Rivero

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