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0ser payaso es cosa seria | Editorial El Cuervo

ser payaso es cosa seria

sinopsis

Un payaso que se cae de la silla como avión kamikaze y se rompe un brazo. Una payasa que ensayaba los chistes con los choferes de la compañía de taxis para la que trabaja como operadora. Otro payaso que se llama Silpanchito para no olvidarse de una época complicada en la que comía y cenaba un mismo plato. Otro que casi se quema el pantalón una noche de San Juan por las chispas que saltaban de las hogueras. Otro que tiene diabetes. Otro en una residencia de ancianos de la ciudad de El Alto que veía pasar los días por televisión porque no tenía fuerzas ni para salir de la cama. Otro que organiza una protesta en una avenida para quejarse de los dolores de garganta de sus colegas… En un mundo donde la sonrisa y el buen humor son valores que cotizan el alza, los payasos nos recuerdan que para salir adelante hay que tomarse la vida en serio.

índice

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1-38

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Agradecimientos

1.

Era un lunes de mediados de diciembre de 2016 y Luis Rodrigo Choque, el payaso Perchita, que intentaba mantener el equilibrio encima de una silla, resbaló e impactó contra el suelo con un golpe seco y sonoro, como si fuera la presa recién abatida de un cazador. La caída aparatosa de un payaso en mitad de una fiesta genera, a menudo, el aplauso inmediato, y la risa cómplice de un público que sería incapaz de reírse frente a una anciana que se da de bruces contra una acera. De un faquir se espera una garganta aclimatada al fuego y un estómago a prueba de vidrios; de un domador, que sea capaz de meter la cabeza en las fauces de un león desganado o bajo la pata asesina de un elefante; de un maestro de ceremonias, una voz seductora, firme y melodramática; y de un payaso, que se desprenda de una silla en caída libre como un avión kamikaze pero sin hacerse daño.

El batacazo de Perchita, sin embargo, no formaba parte de una rutina ensayada. Luis Rodrigo había llegado tarde a su actuación por culpa de un tráfico vehicular lento y enmarañado, y se había cambiado rápidamente en el cuarto de baño de la señora que lo había contratado para entretener a tres niñas de doce

9 años en un edificio de Miraflores, un barrio de clase media de la ciudad de La Paz. Llevaba tres días de show en show, abducido por una intensa campaña navideña que se alimentaba de hombres y mujeres con pelucas de fantasía y globitos pencil, duendes de piernas muy flacas y papanoeles con sobrepeso. Estaba ronco y cansado. Se había encaramado a una silla para conectar una memoria USB con su repertorio musical a un equipo de sonido que se hallaba sobre un mueble modular del tamaño de un jugador de baloncesto. De pronto, al estirar el cuerpo y girar el cuello, trastabilló y voló, y las niñas del cumpleaños rieron como si estuvieran en el patio del colegio.

Tras el impacto, un calambre recorrió el brazo derecho de Luis Rodrigo como si fuera una onda expansiva. Cuando se incorporó, lo palpó y trató de moverlo, pero estaba rígido, como el de un soldadito de plomo. Y entonces, las niñas, que no tardaron mucho en darse cuenta de lo que había ocurrido, dejaron de reírse del payaso y lo miraron con ojos de cervatillo.

partes

páginas

ISBN:978-99974-384-6-1

álex ayala ugarte

(1979)

Español de nacimiento y boliviano de corazón. Fue director del suplemento dominical del diario La Razón de Bolivia, editor del semanario Pulso y fundador de Pie Izquierdo, primera revista boliviana de periodismo narrativo. Colabora con El País, Etiqueta Negra, El Malpensante, Emeequis, Internazionale, Gatopardo, Esquire y otros medios de Europa y América Latina. Ha sido alumno de Jon Lee Anderson, Francisco Goldman, Julio Villanueva Chang, Alma Guillermoprieto y Alberto Salcedo. Fue Premio Nacional de Periodismo de Bolivia en 2008. En 2012, terminó su primer libro: Los mercaderes del Che. En 2015, publicó La vida de las cosas y ganó la beca Michael Jacobs para periodistas de viajes. Cuando era joven, un hipnólogo le enseñó a partir tablas con la mano y a doblar fierros con la garganta, pero no le pudo ayudar ni a acabar con su tartamudez ni a trabajar en el circo. Desde entonces, trata de matar su frustración escribiendo.

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