potosí

sinopsis

Para escapar con éxito de las galerías del Cerro Rico, el periodista Ander Izagirre armó un mosaico en el salón de su casa con cartulinas de colores repletas de anotaciones. En ese “mapa” escrito se podían seguir la historia de la minería, los rastros de la riqueza efímera y la miseria generalizada, el funcionamiento de las cooperativas y los rituales de los mineros para no ser castigados por el Tío, amo y señor de las profundidades. En Potosí, el nuevo libro de este cronista prolífico que ha escrito antes sobre ciclistas, campesinos que ordeñan nubes, víctimas de crímenes militares en Colombia y supervivientes de Chernóbil, la prosa es sencilla, emotiva, sin filigranas innecesarias. Es la de un oidor: la de alguien que ha elegido escuchar para entender el mundo. A través de Alicia, una niña que no vive precisamente en el país de las maravillas, el autor nos traslada a un mundo que se derrumba, donde la mujer es el último eslabón de la cadena, donde los abusos e injusticias están a la orden del día. En un territorio complejo que está casi siempre en penumbras, Izagirre fue capaz de aferrarse a la luz y encontrar la salida

índice

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En el país de los tesoros

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El Barón y la Princesa

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Todo a punto de estallar

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Los que sobran

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El Diablo

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Agradecimientos

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Bibliografía

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

partes

páginas

ISBN:978-99974-920-3-6

ander izagirre

Es periodista y publica sus trabajos en diversos medios internacionales. Ha escrito sobre los porteadores de las montañas del Karakórum, los supervivientes de Chernóbil o el campesino que ordeñó las nubes en la isla canaria de El Hierro. Recibió el Premio Europeo de Prensa 2015 por un reportaje sobre crímenes militares en Colombia: “Así se fabrican guerrilleros muertos”. También es autor de libros como Plomo en los bolsillos, Cansasuelos o Mi abuela y diez más.

Ander

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