Todo país aspira ser un resumen del mundo. Esta pulsión irrealizable tiene tantas versiones como banderas. En Bolivia, la síntesis también es, obviamente, imposible. Más aún cuando el mundo parecía haberse resistido a enterarse de su existencia: perdida en un rincón remoto del orbe aunque cada día más a la vista. Así, este libro no pretende resumir el país de ninguna manera. ¿Cómo intentar reducir su extrema complejidad, su incipiente vocación por sentirse ombligo del mundo, su escenificación paródica, su multiplicidad ilimitada? ¿Quién entiende este chen’ko tan chipado?


