Los relatos perturbadores son los que cargan con la mirada más extraña en torno a lo que nos resulta cotidiano. Es así, es la clave de la literatura, lo poco que nos puede dejar como un modo de conocimiento real: al mundo se lo puede mirar con otros ojos. A través de esa mirada, lo que nos resulta familiar se vuelve extraño, siniestro, digamos, en el sentido psicoanalítico del término, el viejo y conocido unheimleich, lo ominoso que anida en el corazón de lo más conocido. Gabriela Luzzi, en su último libro de relatos (y un poema) El resto de los seres vivos, elige precisamente un modo de la mirada infantil para poder desarmar un universo de datos y acciones cotidianas que se vuelve fantástico, no, mejor, aterrador sólo a partir de este mínimo cambio de anteojos.



