rigor mortis

sinopsis

Álex Ayala Ugarte es un reportero que camina, que sale al mundo en busca de las historias más llamativas y reveladoras, y en este libro emprende su viaje más extremo: se propone seguir a la muerte. Recorre los escenarios de la muerte, el terror, los ritos, la naturalidad, las estrategias de los humanos para aceptarla. Y va haciendo un inventario de las huellas: el pueblo derruido, la cruz al borde de la carretera, el pequeño santuario de una muertita milagrosa, el cadáver de un perro atado a un árbol para avisar a los vecinos de que ha habido difunto. Ayala viaja para retratar la muerte en Bolivia y le sale un retrato muy rico de la vida en Bolivia. Va buscando devotos de la muerte y le sale un autorretrato: cuesta distinguir al autor de algunos de sus personajes, de la señora que lee todas las esquelas, asiste a todos los velatorios y se presenta en las autopsias. Va buscando muertos y le sale el retrato de todos nosotros: somos iguales que esos cadáveres a los que sentaban en una silla con los ojos abiertos para sacarles la fotografía de recuerdo. Ayala acierta porque en su libro cada vez cuesta más distinguir a los muertos de los vivos.  Lo sabemos bien: es cuestión de tiempo. Ander Izagirre

índice

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Prólogo, por Jon Lee Anderson

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Prefacio: Michael Jacobs, el Santo Custodio y mi billetera

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Plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo

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Ni se canta ni se baila

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Historia (por partes) de la Almita Desconocida

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Toque de difuntos

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Isla de viejos

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Via crucis

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Ecos de un terremoto

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Foto finish

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Los muertos y los vivos

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La mujer que ama las despedidas

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Cómo aniquilar a tu vecino antes de mudarte de casa

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Una viuda del futuro se desconecta de su pasado

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Perra muerte

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El ciempiés humano y otras historias

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Vidas pendientes de un hilo

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Los linchados de El Alto

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Cronología

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Agradecimientos

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

crónicas

páginas

ISBN:978-99974-920-8-1

"En sus dos libros anteriores, Los mercaderes del Che y La vida de las cosas, Álex Ayala cultivó un particular talento: el de encontrar el valor intrínseco en lo pequeño y lo mundano para resaltarlo después con una narrativa refrescante. Para este tercer libro, ha recorrido Bolivia en busca de la muerte, desde el Chaco polvoriento, fronterizo con Paraguay, hasta las islitas gélidas del lago Titicaca, en el Altiplano. Lo ha hecho como lo hace todo, con una voluntad férrea para lograr su objetivo. El resultado es un texto exquisito en percepciones, regado de párrafos que son joyas literarias".

Jon Lee Anderson

Obra ganadora de la beca Michael Jacobs para periodistas de viajes otorgada por la fundación Gabriel García Márquez para el nuevo periodismo Iberoamericano (FNPI)

álex ayala ugarte

(1979)

Español de nacimiento y boliviano de corazón. Fue director del suplemento dominical del diario La Razón de Bolivia, editor del semanario Pulso y fundador de Pie Izquierdo, primera revista boliviana de periodismo narrativo. Colabora con El País, Etiqueta Negra, El Malpensante, Emeequis, Internazionale, Gatopardo, Esquire y otros medios de Europa y América Latina. Ha sido alumno de Jon Lee Anderson, Francisco Goldman, Julio Villanueva Chang, Alma Guillermoprieto y Alberto Salcedo. Fue Premio Nacional de Periodismo de Bolivia en 2008. En 2012, terminó su primer libro: Los mercaderes del Che. En 2015, publicó La vida de las cosas y ganó la beca Michael Jacobs para periodistas de viajes. Cuando era joven, un hipnólogo le enseñó a partir tablas con la mano y a doblar fierros con la garganta, pero no le pudo ayudar ni a acabar con su tartamudez ni a trabajar en el circo. Desde entonces, trata de matar su frustración escribiendo.

Álex

CATÁLOGO 

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