todo el mundo cumple sus sueños menos yo

sinopsis

El lector tiene por primera vez en sus manos los relatos de Wilmer Urrelo, reconocido novelista de largo aliento. En Todo el mundo cumple sus sueños menos yo los temas y personajes varían, sin embargo se mantiene la voluntad de continuar experimentando con distintos estilos y procedimientos narrativos. Relatos oscuros, de humor negro, melancólicos, en los que desfilan fortachones tímidos, un arlequín de utilería, un chico que habla con Juan Brujo, un par de matones sentimentales, un luchador desenmascarado, una comunidad de termitas homicidas, un matrimonio enemistado, un arquero suicida, un cogotero cumbiero y malenamorado, fantasmas niños y niños terribles, blasfemos y justicieros. Todos ellos son seres solitarios que no saben que conviven juntos en este libro.

índice

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Niños corriendo en el piso de arriba

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La inusual mudanza de la señora Moore

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Pequeño manual para hallar la felicidad

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Solo se trató de un pequeño escándalo

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La noche del Arlequín

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Hermanos malditos

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La exquisita vida familiar (máscara contra máscara)

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La disposición de las cosas

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Habitando en el inadvertido mundo de los mifrosotgs

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Algunas cosas que ocurren

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Todas las preguntas sobre el fascinante mundo de las termitas, de E.G. Humberto Sacristán

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Cuaderno de cien hojas

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¿Será este el momento para quemar a quien tanto temo?

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Gavilán: el supérportero y su ángel de la guarda

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Revoluciones musicales

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Aventuras del pequeño niño blasfemo

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Todo el mundo cumple sus sueños menos yo

Niño

Este niño no es mío, pero no me quiere soltar. Es un peso que jala hacia abajo y hacia afuera de mí, que no me deja avanzar. No lo conozco. No me dice nada, pero tampoco se va. Muchas veces le pregunté ¿cómo te llamas? sin respuesta. Otras veces intenté soltar sus dedos, abrir aquella mano, pero no pude. Él aprieta más.

Ya no soy el mismo. Un niño que no es mío está aferrado a mi camisa. Ahora lo más simple se me dificulta: pasar entre los puestos, acomodar las mantas para dormir en la noche, entrar al baño; debo tomar previsiones para hacer con esfuerzo lo que antes hacía sin pensar.

Por entre las verduleras diviso una doña cargada de sus compras. Debe tener unos sesenta años y tiene la cara colorada del calor. Carga tres bolsas grandes, que del peso van a romperse en cualquier momento. Quiero ofrecerme: yo se lo cargo, dónde agarra el micro, doñita. Quiero tomar sus bolsas, caminar detrás de ella hasta su parada. Apuro el paso sin pensar en el niño, pero su peso me refrena, crece, tira de mi camisa hacia atrás. Ya no quiere caminar. La señora, en cambio, avanza sin verme, los agarradores de plástico hundiéndose en la carne de sus dedos, bamboleándose entre los puestos, pensando ¡qué pesadas las papas! ¡qué pesado el zapallo! Ya tiene todo lo que necesita y avanza por el pasillo del frente, junto al almacén. Debo cruzar y llegar hasta ella, que se aleja de a poco con sus pasos pesados, los brazos adoloridos. Podría alcanzarla, tal vez me da una buena propina, yo sé ser educado. Pero debo jalar esto que exige que vaya lento, que me jala hacia atrás.

Ahí vamos, ven, apúrate. Está cansado. Mi camisa tensa contra el torso, tirante cada uno y todos los hilos, deseando la tela rasgarse y ondear, suelta al aire. No hay forma. Quiero recuperar mi camisa, sacudo esa mano que la sujeta con tanta insistencia. ¡Suelta!, le digo, ¡suelta de una vez!, nada. Logro adelantarme un poco. Entre la gente, busco a la doña. Por allá estaba, por el almacén, pero ya no la veo. Miro más lejos, ahora sí, no, ya ni idea, ya va saliendo del mercado, ya cae el sol de la calle sobre su espalda encorvada. Pierdo entonces las monedas que esa doña iba a dejar en el centro de mi mano. Estoy atrapado, pienso.

Otras veces es al revés. Cuando me detengo, este peso no me jala hacia atrás, sino que me lleva hacia abajo, jalando mis hombros hacia la tierra, hacia el pavimento que arde bajo mis pies. Una vez más, el cuello de tela, deforme como un pez de labios destrozados, y él sentado en cualquier parte, mudo y desconocido.

Voy a la policía a poner la denuncia. En el mercado no hay estación, debo ir hasta la intendencia. Camino todas esas calles con él detrás mío, retrasando mi andar. Ve algo que le llama la atención y se detiene. Lo jalo. Afinca las piernas tiesas al piso y lo vuelvo a jalar, esta vez con torpeza. Lo insulto bajito, para que la gente no piense mal de mí. Avanza pero igual no se apura. Debiera enseñarle a andar ligero. Pronto se cansa y retrasa aún más el paso.

 

cuentos

páginas

ISBN:978-99974-833-7-9

Urrelo Zárate lleva siendo el secreto a voces más difundido de la literatura boliviana desde hace tiempo.

 Antonio Jiménez Morato

Urrelo se impone sobre el lector porque logra algo esencial, fascina, seduce, atrapa, abre el apetito, reparte las dosis exactas de verdad en la ficción y hace de ésta, mentiras verdaderas.

 Carlos D. Mesa

Wilmer urrelo zárate

(La Paz, 1975)

Es autor de Mundo negro (2000; Premio Nacional de Primera Novela de editorial Nuevo Milenio, traducida en 2008 al italiano por Edizione Estemporanee). Obtuvo el IX Premio Nacional de Novela de Bolivia con Fantasmas asesinos (Alfaguara, 2006; editorial 3600, 2016). En 2011 publicó Hablar con los perros (Alfaguara), con el que recibió el Premio de Literatura Anna Seghers 2012, concedido por la fundación Anna Seghers de Berlín, Alemania. Con editorial El Cuervo publicó el libro de relatos Todo el mundo cumple sus sueños me nos yo (2015) y en 2017 las crónicas El Chicuelo dice.

El Chicuelo

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