Uno sale de los libros de Juan Pablo Piñeiro convertido en otro: con un mejor conocimiento del orden cósmico y nuestro lugar en este. No se le puede pedir más a la literatura.
Edmundo Paz Soldán
Esta novela-palíndromo funciona como espiral o serpiente que se muerde la cola. Hay gemelos, espejos, dobles y falsos dobles como Nancy y Miguel, los hermanos Bruceley y Bruceleyn, un policía y su mono, y la selva cobijeña en su dialéctica material y espiritual. Acompasando a los personajes, la estructura de Luz azul está fabricada de una serie de cajas cervantinas que se contienen, simulan y se transforman en otras estructuras. Esta parte del palíndromo es sagrada, votiva, trascendental; confirma una promesa del lenguaje poético y un modo no occidental de pensar el mundo con sus bichos, animales y espíritus que se determinan y contaminan, sin jerarquías. La otra parte del palíndromo es su contrario: despilfarro barroco, contaminación pop, invención literaria, palabrería, baldes de lenguaje que te dejan borracho y que cuando se toma más en serio, se saca la máscara para mostrarte la travesura que está haciendo. Este lado del reflejo es terrible y muy chistoso: por una parte, muestra la crueldad horrible que se vive en la selva -una joya los personajes femeninos, el bello y escalofriante retrato del mal, el protagonismo del mundo animal-, y por otra es una novela genialmente sacrílega. Con estos juegos de reflejos, con la potencia creativa y creadora del lenguaje, con su densidad y soltura, Juan Pablo Piñeiro, “el verdadero celador de las llaves de este ruidoso reino extraviado”, hace un homenaje a la imaginación literaria y un cariñito a la humanidad.
Yosa Vidal




